Algunas mañanas no querÃa despertarse. Su mamá la llamaba, la llamaba y la llamaba… nada servÃa, Lara seguÃa durmiendo. Es que ella, ya se habÃa inventado cómo hacer para meter a su mamá en los sueños y asà no la interrumpÃa. PodÃa seguir soñando con los mares profundos y sus peces de colores o caminar por las montañas saltando de una a otra.
Lara soñaba esta mañana que volaba. Miraba desde el cielo su ciudad, llena de techos de colores. ¿Por qué hay tan pocos árboles? Pensaba Lara mientras volaba… y en un segundo miles de árboles llenaban las calles y nacÃan parques donde antes habÃa un techo. ¿Por qué no tenemos mar en mi ciudad? Y sin terminar de pensarlo, el mar se extendÃa a la orilla de los parques, las calles y las aceras. Entonces Lara se hacÃa pelÃcano, volaba sobre el mar y de pronto bajaba de cabeza rápidamente. Y de camino se le antojaba ya no ser más un pelÃcano y pronto era un delfÃn. Entonces Lara se sumergÃa alegremente y escuchaba ese “Lara, Laraâ€? que convertÃa en “nada, nadaâ€? y seguÃa nadando… y cuando saltaba dentro del agua se le antojaba ser gaviota y zaz, era gaviota que se encontraba a sus amigas y las acompañaba hasta donde van las gaviotas…
Pero esta mañana su mamá le dio un beso en la frente y Lara supo que tenÃa que despertar. Mamá -dijo Lara apenas abrió los ojos- ¿verdad que si no fuera a la escuela, no sabrÃa que existen árboles, mares, gaviotas, ciudades, delfines, montañas y pelÃcanos?
