Abajo en el mar, aunque no lo veamos, los peces comen sandías. Yo lo sé por que me lo contó un buen amigo que sabe mucho del mar. Mi amigo ha estado por todos lados y sabe mucho. Me conto de una niña que vive en una isla encantada llamada Omaxa. Como en todos los lugares encantados, se escuchan voces que llegan de ningún lugar, se abren solitas las puertas y si te metes al mar, puedes respirar bajo el agua y ver todo lo que vive abajo en el mar.
Un día la niña decidió meterse al mar.. El mar estaba un poco frío pero refrescante, hacia mucho calor por que era mayo. Para poder respirar bajo el agua era necesario que la niña cerrara muy fuerte los ojos y que no pensara en nada durante 4 minutos. Cuando abrió los ojos, grandes como ventanas vio que de un lado habían muchos peces que estaban alrededor de una gran bola verde. Del otro lado parecía que habian apagado la luz por que no se veia nada, solo obscuridad.
La niña se acerco en silencio, poco a poquito, con mucho cuidado de no hacer ruido a donde estaban los peces. Los peces que estaban alrededor de la gran bola verde entraban y salian de la confusión de tantos peces con un extraño color rojo en la boca. Estaban comiendo y no se dieron cuenta de que la niña los descubrio …comiendo sandías.
Ahora que habia descubierto el misterio de sólo eran peces comiendo sandías, decidió ir al otro lado para ver que había en la obscuridad.
En el otro lado, no había nada, sólo vacio, obscuridad, hueco. De pronto una pequeña lucesita fulgurante brilló. La niña maravillada se apresuró a atraparla entre sus manos. Con mucho cuidado abrió su mano y sus grandes ojos se abrieron tanto y tanto, cuando se dio cuenta de que entre sus manos había un cocuyo.
Lo primero que penso la niña fue en salir del agua y llevarselo a vivir con ella. Era tan brillante, tan bonito, tan diferente a todo, que no podía esperar por estar afuera. Cuando iba nadando a la superficie, escuchó a una voz dentro de su cabeza que le hizo darse cuenta de que él vivía dentro del mar en el lado obscuro y ella en la tierra. Si ella se lo llevaba a su casa, seguramente el cocuyo dejaría de brillar hasta morir un día, y ella no podía quedarse a vivir abajo en el mar para siempre.
De sus grandes ojos, salió una lagrimita que se perdió en la inmensidad del mar, abrió su mano y lo dejo ir. Ese es el verdadero amor.
Cuando salió a la superficie y le conto a su familia, la niña sólo les platicó a sus papas, hermanos y abuelos de como es que los peces comen sandias. Del cocuyo no dijo nada, sería su mas preciado secreto.